Orlando Hurtado, el señor de los toros

El recuerdo de Orlando a través de una nota publicada en La Voz del Pueblo en agosto de 2007. El ganadero falleció el 12 de agosto de 2013

 

El frío duele, lastima. Debe ser uno de los domingos más fríos de las últimas décadas. Pero es domingo. Entonces hay que tomar la posta y hacerse cargo de la hacienda así el personal descansa y disfruta de su familia. Y de paso, el cabañero recrea la ceremonia que comenzó a ensayar en 1968.

Ahí va gustoso Orlando Hurtado a darles de comer a sus toros, vacas y vaquillonas. Aprovecha la ocasión para visitar cada rincón del campo en el que hay animales. Lo hace muchas veces durante la semana también, pero el domingo es especial porque realiza toda la tarea él. Susana, su mujer, le da una mano y después lo espera con el reconfortante mate.

Tal como en su momento fue la compañía de sus tres hijas, hoy por lo general goza de la presencia de algunos de sus ocho nietos. Aunque también es habitual que la recorrida la termine solo: las hace demasiado largas para la ansiosa paciencia de los chicos. “Yo te acompaño abuelo, pero si empezás a mirar a todos los terneros y empezás con que ‘este es hijo de esta’ o a mirarle las orejas a todas las vacas, no voy”, le aclaró su nieta Delfina hace un par de fines de semana.

La anécdota le saca una sonrisa a Orlando. Y también una declaración de principios: “El día que no se me prenda más ese motorcito que me lleva a revisar las caravanas o no sienta que me fluye la adrenalina al levantarle la pata a un ternero recién nacido para ver si es macho o hembra, dejo la ganadería”, asegura, sentado en el cálido living del casco de San Agustín, el campo que perteneció a su abuelo y a su padre y que conduce en soledad desde 1975.

Aunque su relación con San Agustín empezó hace ya 63 años, porque allí vivió desde que nació y allí se instaló cuando terminó el secundario, a principios de la década del 60. “Mi papá se enfermó y empecé a trabajar el campo yo. Y decidí no ir a estudiar, aunque no fue un sacrificio porque me sentía muy cómodo con lo que me tocaba hacer. En caso de haber seguido una carrera hubiera sido veterinario, quiere decir que la idea de trabajar con animales ya la tenía”, comenta.

En un principio, las tareas de Orlando incluían agricultura y manejo de ovejas y de un rodeo general de vacas. Hasta que irrumpió en su vida Susana Malaccorto, de quien se enamoró y gracias a quien descubrió lo que era una cabaña. “Mi suegro era cabañero, criaba Shorthorn, Aberdeen Angus y también lanares Corriedale. Y a mi me entusiasmó la actividad, entendí que era una veta como para poder sacarle un valor agregado a un rodeo”, analiza.

Mientras camina entre los toros, Orlando repite que no le molesta trabajar, aunque a diferencia de cuando empezó, ahora elige qué tareas hacer. Por ejemplo, hoy pela 10 toros, no 60 como antes; o caravanea parte del rodeo, no todo

El razonamiento de Orlando fue simple: en lugar de tener un rodeo general para sacar un ternero o un novillo, apostó a que la vaca le diera un toro. Y así empezó en 1968. Bien despacio. Todo a pulmón. Porque al igual que en la actualidad, en San Agustín no sobraban las manos y la ganadería era una actividad complementaria de la agricultura.

“Compré unas vacas Angus puras controladas, que en esa época eran puras por cruza, y después, cuando nos casamos, mi suegro nos regaló unas vaquillonas puras controladas. Ese fue el inicio de nuestro rodeo. Empecé haciendo las cosas muy lentas, muy artesanal, pero siempre con mucha pasión y dedicación”, asegura.

El trabajo empezó a dar frutos más rápido de lo pensado: San Agustín comenzó a participar en las exposiciones regionales, y además de ganar varios premios, Orlando normalmente regresaba al campo con las manos vacías porque lograba vender todos sus toros. Esa era la forma de colocar la producción, más alguna que otra venta en el establecimiento mismo.

Los buenos resultados motivaron a que en 1972, Hurtado decidiera también empezar a criar animales de pedigree. El punto de partida otra vez fue su suegro, a quien le compró algunas vacas. Cuatro años después, un toro de pedigree nacido en San Agustín se consagró Gran Campeón en la exposición de Bahía Blanca.

“Ese toro lo vendí y me compré un fumigador”, comenta Orlando. Un dato que ilustra que en San Agustín la base del negocio seguía siendo la agricultura. Y que desde siempre las dos actividades tuvieron una buena convivencia.

Pero fue corta la vida de la hacienda de pedigree en el campo de los Hurtado. El importante salto tecnológico que pegó esa categoría de hacienda obligaba a una dedicación extrema para poder competir a nivel cabaña. Y Orlando no estaba para esos trotes. “Yo también era el que manejaba la agricultura del campo y siempre conté con un personal reducido, entonces se me complicaba bastante”, justifica su decisión de continuar únicamente con puros controlados. Y de ese modo siguió, paso a paso, con la cría y recría de sus toritos.

Hasta mediados de los 90, San Agustín se nutría de toros de pedigree adquiridos en las exposiciones más importantes para hacer servicio a campo y a una parte del rodeo se le realizaba inseminación artificial. Un cambio en el manejo llegó de la mano de su yerno, el veterinario Ariel Marinangelli, quien se convirtió en el asesor de la cabaña y propuso inseminar toda la hacienda.

En lo que a genética se refiere, San Agustín trabaja con la línea de Zacarías, de la cabaña Tres Marías, de los Gutiérrez; luego se agregó la línea de Líder, del CIADO (Centro de Inseminación del Sudoeste); y a partir de 2003, se incluyó a Facón, que es de la línea del gran Performa.

La tapa del suplemento Campo de La Voz del Pueblo correspondiente a la semana que falleció Orlando

Así como hubo modificaciones en la tecnología y en la inversión necesaria para mantener una cabaña en los primeros planos, el manejo de la explotación dio un vuelco de 180 grados en los últimos años: la presión de los precios de los granos también impactó en San Agustín.

“Sin dudas que para producir carne hay que ser más intensivo y más eficiente. Y acá, pese a haber cabaña, las vacas también van jugando con lo que es agricultura. Todos los rastrojos de fina van a avena en directa, y en setiembre pasan a gruesa con girasol. Hay un 30% de la superficie que la mantenemos con pastura, en la que concentramos la hacienda en primavera, y de las cuales hacemos nuestras reservas de rollos. También sembramos algún maíz de segunda para los toritos en recría. Mientras que los toros que van al remate se encierran tres meses antes con alimento balanceado y rollos. Es decir, he ido buscando la vuelta para que puedan convivir los granos y los animales”.

La que no tiene lugar en el campo de Orlando es la soja de segunda. “Trabajo otro campo en el que hago una agricultura más intensiva. Pero acá, antes de hacer una soja de segunda prefiero sembrar un maíz de segunda para las vacas”, dice. Y agrega: “Me parece una forma de conservar el suelo. Porque no se adónde vamos a ir a parar con los planteos de agricultura continua”.

Desde hace unos años que Hurtado tiene su rodeo estabilizado en unas 250 vacas puras controladas y no es su intención crecer. “La explotación no me lo permite tan fácil por la agricultura. La cabaña te implica hacer todo el ciclo: crías y recrías, con el agravante de que son toritos y que debés tenerlos siempre a parte. Otras actividades de hacienda general podés mezclar los animales, acá no. Esto requiere más potreros, más divisiones, y tener más cabezas a mi me implicaría mucho campo”.

La estructura de la empresa es bien simple: tres empleados y las dos manos de Orlando. Luego, como periféricos, están sus yernos, que lo asesoran en temas veterinarios, agronómicos y contables -una de sus hijas es contadora y le lleva los números-. “Sin haber tenido hijos varones encontré en mis yernos el apoyo que necesitaba”, resume el cabañero.

Con orgullo cuenta que se viene el remate número 20 de San Agustín, que tiene clientes que le son consecuentes desde el amanecer de los ‘70, que eso indica que sus toros sirven y revela que la parte más difícil de la actividad es la faz comercial. “Es lo que menos me gusta”. Como tampoco nunca fue muy amigo de las competencias. Entonces no le da demasiada importancia a la carpeta llena de antiguos recortes de diario que acerca a la mesa Susana, y en los que están reflejados los numerosos premios que San Agustín fue cosechando en las distintas exposiciones de las que participó.

El razonamiento de Orlando fue simple: en lugar de tener un rodeo general para sacar un ternero o un novillo, apostó a que la vaca le diera un toro. Y así empezó en 1968. Bien despacio. Todo a pulmón

Don Orlando valora más una diminuta libreta en cuyas hojas apenas se leen nombres, fechas y cifras. De todos modos, los años y la humedad que la acosaron no impiden que él reconozca apellidos de productores que le compraron toros en 1973. “Muchos me siguen comprando”, asegura.

El hombre propone cambiar la calidez del hogar de la casa por la imponencia de sus toros. Y en el recorrido hasta los potreros suelta las razones de su mayor satisfacción: “A mi me gusta mucho el campo. Me encanta la gente y la vida de campo. Acá me siento muy bien y soy feliz por haber podido ver a mis hijas participar en todo esto. Cada una tuvo su ternero, su tarro para darles de comer a los animales cuando me acompañaban en la recorrida. Ojalá que todo pueda continuar con mis nietos. Esa es la base principal de todo esto”, reflexiona.

Mientras camina entre los toros, Orlando repite que no le molesta trabajar, aunque a diferencia de cuando empezó, ahora elige qué tareas hacer. Por ejemplo, hoy pela 10 toros, no 60 como antes; o caravanea parte del rodeo, no todo. “También me llevo bien con la agricultura, pero mi pasión pasa más por la ganadería. Todavía lo siento así. A parte, es como que los animales son la vida del campo”.

Y la vida de Orlando también.