Los Podlesker: el equilibrio justo

Un paseo por la historia familiar y productiva de Alfredo padre, Mónica, Alfredo hijo y Alejandra. “Han logrado mejorar lo que empezamos nosotros”, dicen con orgullo los padres sobre sus hijos. La pasión por el campo, las ganas de trabajar y el respeto por los valores aprendidos, los ejes del relato

 

Hay palabras, términos y frases que se van repitiendo en la hora de charla con los Podlesker. Las preguntas y los temas abordados varían, pero las respuestas están condimentadas con los mismos ingredientes. “Familia”, “trabajo”, “de a poco”, “agradecimiento”, “equilibrio”, “orden”, “valores”, “eficiencia” aparecen en forma cíclica cuando Alfredo padre, Mónica, Alfredo hijo y Alejandra empiezan a desandar su historia de familia y de productores agropecuarios.

Es muy rica la charla, por el contenido y por la interacción que se da entre ellos. No se preocupan por mostrar lo que no son. No todo es amor y paz. Son una familia, pero también son una empresa, entonces sería anormal que no hubiera roces y discusiones.

“No es fácil trabajar en familia. Pero Alfredito y Alejandra siempre se llevaron bien, con alguna que otra pelea típica de hermanos y nada más. Sí son de pelearse ellos dos, al día de hoy sigue ocurriendo, y yo soy la que hago el equilibrio”, dirá en algún momento Mónica con su sonrisa crónica sobre las intervenciones que tiene que hacer cuando los Alfredos no se ponen de acuerdo.

“Alejandra y yo siempre tuvimos claro que queríamos trabajar en el campo y lo bueno es que papá siempre nos escuchó y nos incorporó, nos dio el lugar para ir haciendo cosas”, contará Alfredito para dejar en claro que al margen de las discusiones, no fue traumática la incorporación al trabajo ni la convivencia laboral para los hermanos. “Hoy son ellos los que toman las decisiones, nosotros acompañamos”, aportará mamá Mónica. “Han logrado mejorar lo que empezamos nosotros. Por el avance de la tecnología y por el criterio que han tenido”, asegurará Alfredo sobre la evolución de sus hijos.

“Con la manera de manejarse y sus acciones ellos hicieron docencia y nos bajaron línea casi sin querer”, se sumará Alejandra para explicar con la naturalidad que junto a Alfredito fueron tomando la posta para potenciar lo que habían construido sus padres. Y ese es el mejor pie para contar esta historia familiar y productiva.

Paso a paso

A fines de los ’60, tras recibirse Alfredo Podlesker de cardiólogo y Mónica Massigoge de fonoaudióloga en Buenos Aires, se casaron y volvieron a Tres Arroyos. A los dos les gustaba el campo -en el caso de ella el vínculo era estrecho porque su papá fue durante muchos años gerente de La Agrícola Ganadera-, por eso dentro de sus planes tenían complementar sus profesiones con el trabajo de un pedazo de tierra.

Los promotores del inicio fueron los padres de ambos. Alfredo convenció a su papá también médico para que comprara un campo en cercanías de Claromecó y empezó a convertirse en productor. Poco tiempo después, don Massigoge adquirió unas vacas y la explotación se hizo más mixta. “Mucha gente nos ayudó, los lugareños y también personas de acá. Y recibimos una mano de firmas importantes, como Chalde, con quien nunca firmé un boleto de compra de ninguna maquinaria. Era otra manera de trabajar”, recuerda Alfredo.

Al fallecer su padre, Mónica heredó una porción de campo y el establecimiento se agrandó. Y el matrimonio empezó a apostar más fuerte a la producción e invirtió en herramientas y más hacienda. Ya estamos parados casi a mediados de los ’70, y los pequeños Alfredito y Alejandra daban sus primeros pasos en los potreros. “Ellos eran chiquitos y arriaban las vacas caminando de un campo a otro. Así se criaron, haciendo trabajos de campo. Porque durante la cosecha también trabajaban a la par nuestra”, dice Mónica.

Eran tiempos que llegar a Claromecó era una odisea porque la ruta era de tierra y en los que la producción no daba fruto para lujos. “Podíamos pagar un solo empleado así que yo salía del consultorio y me iba pasar el arado a la noche”, cuenta Alfredo.

El crecimiento, la evolución era muy lenta, iban paso a paso literalmente. “Un día Alfredo me regaló un Fiat 125 cero kilómetro. Creo que no pasaron dos días que me lo pidió y se llevó a la agencia de Bottino. Lo cambió por un tractor. Todo lo fuimos haciendo así”, indica Mónica.

A su compromiso por el trabajo, Alfredo lo potenciaba con su convicción de que lo importante era sumar más tierra. No era una visión muy habitual en esos años, aquellos más bien eran tiempos donde los campos no tenían la valoración que gozan hoy, ni en lo económico ni en lo estratégico. Pero Podlesker tenía claro que debía ir por más, y con esfuerzo y reinvirtiendo lo producido la empresa familiar se fueron agrandando. Eso llevó la mudanza de barrio: se despidieron de Claromecó y desembarcaron en Cascallares.

“Papá siempre mantuvo esa línea, supo percibir que había algo importante en el campo, que era la oportunidad de mejorar y que iba a ser un bien clave más adelante. Porque antes el capital tierra no era tan significativo. Y nos decía que había que defender el campo porque tenía futuro”, recuerda Alfredito.

Las ganas de progreso incluían la capacitación y la tecnificación, por eso el cardiólogo realizó el curso de inseminación artificial para trabajar él mismo su rodeo, toda una rareza para fines de los ‘70. Vaya otra aclaración fundamental: pese a siempre haber trabajado campos con aptitud agrícola, los Podlesker nunca dejaron de tener hacienda. Nada de casual es eso, sino que es parte del equilibrio productivo y comercial buscado.

La otra característica, y algo que sí era habitual en aquella época para los pequeños y medianos productores, era que toda la familia estaba involucrada en el trabajo. “Siempre nos ayudaron los dos. Con las vacas y en la cosecha. Y con lo que hiciera falta. De chicos, de adolescentes y ya sumándose a pleno de grandes”, cuenta Mónica.

“Tengo muchos recuerdos del trabajo en el campo, desde habernos tenido que quedar a dormir en la camioneta porque nos encajamos, hasta cuando salía de adolescente y volvía a las cuatro de la mañana, y a las ocho me despertaba mi viejo para acompañarlo al campo”, dice Alfredito.

A trabajar

Después de terminar el colegio los hermanos se fueron a estudiar a Buenos Aires la misma carrera: los dos son licenciados en Economía Agropecuaria. Y los dos una vez obtenido el título volvieron a Tres Arroyos para incorporarse a la empresa familiar. Demandó poco tiempo acomodar las piezas. Alfredito se metió de lleno en la parte productiva, en el trabajo a campo. Alejandra se hizo cargo de la parte contable-administrativa.

“Alfredo siempre les dijo que acá tenían algo para defender, que era el campo de la familia, que lo aprovecharan”, cuenta Mónica. Y la inserción en la empresa se dio en forma natural y la participación de la sangre joven se fue incrementando en la toma de decisiones hasta varios años después agarrar el mando.

Otro ejemplo del pensamiento de Alfredo fue lo ocurrido cuando sus hijos regresaron a Tres Arroyos. “Como dijeron que no pensaban volver a Buenos Aires vendimos el departamento y compramos un pedazo de campo en Copetonas”. Clarito, ¿no?

Alfredito y Alejandra durante el reconocimiento que recibieron por ser integrantes de Rústicos en el último remate de hacienda del año en Claromecó

Cortados por la misma tijera, la segunda generación potenció lo hecho por la primera, y siguiendo las mismas normas. “Una empresa tiene tres patas: la productiva, la financiera-contable y la comercial. Y no hay una más importante que la otra”, dice Alfredito.

Esa afirmación explica todas las decisiones que toman los Podlesker. Entre ellas, la de hacer ganadería en superficies agrícolas. “Por más que hoy un cultivo tenga un excelente margen bruto, económicamente es riesgoso, no sabés que va a pasar más adelante. Nosotros tratamos de analizar todo, no la foto de una planilla de Excel de hoy. Y entendemos, y nos ha dado muy buen resultado, que la ganadería y la agricultura se combinan. Porque nos da estabilidad”, asegura Alfredito.

“Nunca nos planteamos dejar las vacas. Al contrario, siempre queremos crecer”, aporta Alfredo. Por eso, todavía hoy el cardiólogo sigue yendo todos los días al campo para armar la logística de las mejoras en las instalaciones, y siempre encuentra alambrados para cambiar…

“En la ganadería también hay pasión, porque es trabajo de todos los días”, se suma Mónica. “Nosotros vivimos haciendo alambrados, y me critican eso”, cuenta Alfredo sobre la resistencia familiar.

“Al principio lo criticamos, pero después nos damos cuenta que es importante mantener el capital de trabajo, la infraestructura. Eso te termina haciendo el negocio, porque sos más eficiente, tenés menos costos”, reconoce Alfredito.

“El campo hay que tomarlo como algo integral y para nosotros la ganadería entra de esa manera. No queremos maximizar la súper renta, sino estabilizarlo y maximizar un futuro, que siga produciendo”, analiza Alfredito.

La búsqueda del equilibrio, de la estabilidad y de la previsibilidad se observa en el planteo productivo. La agricultura orientada a la ganadería, con rotaciones con mucho maíz, sin cultivos de segunda y desde hace cinco años sin incluir a la soja. Como consecuencia de las secuencias de cultivos y la convivencia de los potreros con las vacas los Podlesker no tienen malezas resistentes y eso también tiene un valor económico.

En lo que tiene que ver con la hacienda, la estrategia ahora es mejorar la calidad del rodeo para agregarle valor. “Como es muy difícil crecer en superficie porque no hay campos, incorporamos genética para producir mejores animales y que la unidad de negocios sea más productiva”, explica Alfredito.

Orgullo y satisfacción

Desde hace algunos años, Alfredito y Alejandra son los que conducen el barco, y además de que lo hacen muy bien, genera una gran satisfacción en sus padres. “Estamos muy orgullosos de ellos, por todo lo que hacen y porque son muy trabajadores”, dice Mónica. “Hoy hace y deshacen ellos. Fue un proceso que se fue dando y atribuciones que se fueron ganando. Son más profesionales que yo y han mejorado lo que arrancamos con Mónica”, reconoce Alfredo.

La frase del cardiólogo es el mejor final para esta historia.

 

♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦

 

La Cooperativa de Cascallares y Rústicos

Mónica es nieta de Pedro Errazti, uno de los fundadores y socio número 2 de la Cooperativa de Cascallares y hoy Alfredito integra el directorio de la entidad. Tampoco es casualidad la relación de los Podlesker con una de las instituciones líderes de la región. “Uno es consecuente con quien es consecuente con uno. Y la cooperativa siempre lo fue. Siempre que la necesitamos estuvo. Entonces, no importa si un día aparece alguien que te ofrece más por tus granos. Nosotros elegimos estar con los que sabemos que nos cumplen”, asegura el menos de los Alfredos.

En lo que a la venta de hacienda se refiere, lógicamente el razonamiento es el mismo. Y en ese caso la relación comercial la familia desde hace varios años la tiene con Sergio Amuchategui y la organización Rústicos. “Nos sentimos muy cómodos integrando Rústicos, y es algo que excede que te paguen más por un novillo. Tiene que ver con que te sentís valorado y tenido en cuenta. Y orgulloso que Rústicos se haya transformado en referente a nivel nacional”, dice Alfredito.